Opinión – Las definiciones que vienen

Por: Wilson Tapia Villalobos

No es nuevo y es tan dramático como ha sido siempre. A las actuales generaciones jóvenes les corresponderá rescatar el sentido humano que debe guiar a la sociedad. De no hacerlo, se corre el riesgo de seguir la misma suerte de otras civilizaciones que no sobrevivieron y cuya historia nos ha llegado casi como referencia mitológica.

Recientemente, al recibir el Premio Princesa de Asturias de las Letras 2017, el poeta polaco Adam Zagajewski hizo una referencia al momento que vivimos. Resumió su sentir afirmando que hoy, la comunidad, la política, la moda, la televisión, la tecnología, los espectáculos masivos como el fútbol, acaparan la atención. Y, pese a lo que pudiera pensarse, esto no hace que los seres humanos se integren más en la mancomunidad. Por el contrario, el individualismo es cada día más marcado. Por lo tanto, la soledad rodea a hombres y mujeres. Mientras la poesía y otras expresiones artísticas van quedando en el olvido. Como si las manifestaciones del alma nada significaran.

El poeta polaco apunta a una realidad que es indesmentible. El sistema prepara para la competencia. Educa para detectar las apetencias propias y las debilidades de los otros, no para conocerse a sí mismo. Acondiciona a mujeres y hombres para continuar ahondando en una práctica que entrega simulacros de felicidad, mientras lleva a acumular frustraciones.

Quienes defienden el sistema, apuntan a que el dinero y el mercado son elementos indispensables para la libertad y el correcto desempeño de la democracia. En Chile, uno de los exponentes de este bando intelectual es el rector de la Universidad Diego Portales, Carlos Peña. En una reciente entrevista, sostuvo: “Sin ellos (dinero y mercado), si la sociedad fuera como una escena pastoril, habría más abrigo emocional, pero también habría menos posibilidades que cada uno persiguiera lo que, conforme a su discernimiento, es la mejor vida para él. Habría, en suma, menos libertad”.

Peña y Zagajewski representan visiones encontradas respecto de la realidad que enfrentamos los seres humanos. Para el poeta, la vida debe seguir plagada de ideales. Para el intelectual desarrollado en el neoliberalismo chileno, esos son mensajes sobrepasados. Sin embargo, el rector parece olvidar que el sistema condiciona al ser humano. Desde la educación hasta los medios de comunicación, todos los esfuerzos están desplegados en hacerlo consumista, atrapado por apetencias impuestas por quienes manejan el poder. No por su propia esencia.

Otro argumento de Peña es la paradoja de la abundancia: Hombres y mujeres viven alcanzando objetivos que luego no les satisfacen. “Las sociedades se ponen inquietas y se desasosiegan cuando aparentemente mejor están”, afirma el rector. En definitiva, el problema de la insatisfacción sería inherente al ser humano, no a las respuestas que le da la sociedad.

El poeta polaco, en cambio, argumenta en favor del conocimiento integral de cada uno. Que de allí salga un esquema social que responda a los intereses del individuo. El dinero y el mercado, dentro de esta lógica, juegan un papel de apoyo, no son determinantes como polos de atracción. Peña, por su parte, argumenta que en Chile el desafío es poner a sus instituciones “a la altura de los ideales normativos que hoy alimentan la cultura”. Y concluye que son esos ideales los que distinguen entre desigualdades “merecidas, las que son producto del esfuerzo, e inmerecidas, aquellas que solo se deben a la cuna”.

Seguramente, Zagajewski recordaría a Peña que las desigualdades “inmerecidas”, también provienen del dolo, de la corrupción, de las apetencias de poder, que el sistema estimula. No solo y exclusivamente de la familia en que se nació. Y, muchas veces, las desigualdades “merecidas” sí responden a la cuna, ya que la educación no es igual para todos. Muchas veces, también, el esfuerzo personal se ve beneficiado por un esquema que protege a los compañeros de un mismo colegio. O las aptitudes, se ven cercenadas por un entorno plagado de carencias.

El tema ha sido tratado desde hace siglos por distintos pensadores. Y hasta ahora no se ha logrado un sistema en que el ser humano sea protegido realmente. Quienes han optado por el respeto a la persona, resguardándola de las iniquidades del mercado y del dinero, han terminado por defraudar en cuanto a las libertades.

Y hoy nos encontramos nuevamente en el punto de las definiciones. Es un dilema moral. Pero eso no significa que pueda ser abordado solo en el plano inteligible, pero concreto para Platón, de las ideas. Las soluciones tendrán que considerar los distintos aspectos que han atribulado al ser humano desde que pudo organizarse.

Es posible que el esquema que satisface a Peña y repudia Zagajewski, deba ser removido o intervenido profundamente. Pero lo que resulta obvio es que en las soluciones tendrán que venir consideraciones que irán más allá del crecimiento económico exclusivamente.

Las respuestas dependerán de las nuevas generaciones. Y como ya ha ocurrido varias veces en el pasado, serán presionadas por amenazas de catástrofes que pondrán en peligro lo que hoy conocemos como civilización.

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