Opinión – Nada nuevo

Por: Wilson Tapia Villalobos

Pareciera que la Humanidad está condenada a cometer siempre los mismos errores. Como si una vez terminado el dominio de una generación, un manto de olvido cayera sobre las experiencias vividas condenando a la generación de recambio a repetir las mismas, a veces dramáticas, caídas. Desde muy temprano hay antecedentes de esta característica humana.

Es lo que hace surgir el errare humanum est, una expresión latina que pareciera tener a su primer exponente en Marco Tulio Cicerón (106 al 43 AC), jurista, filósofo, político y brillante orador romano. Sin embargo, su sentencia era más extensa: Cuiusvis hominios est errare, nullius nisi insipientis, in errare perseverare (“Errar es propio de cualquier hombre, pero solo del ignorante es perseverar en el error”). Cicerón estaba equivocado. La ignorancia no es la única responsable de la reiteración del error.

Luego, el cristianismo tomó el aserto y le hizo un agregado: “Errare humanum est, sed perseverare diabolicum”, (“Errar es humano, pero perseverar en él es diabólico”). Después, seguramente en un arresto de modernidad, el aforismo fue suavizado: “Errar es humano, perdonar es divino”. Con demonio o sin él, se acepta que el error nos es propio. Pero nadie da vía libre a la reiteración del error. Sin embargo…..

Las nuevas tasas arancelarias aplicadas por los Estados Unidos a productos chinos, retrucadas a través de medidas similares por Beijing, amenazan con desatar una guerra comercial de alcances imposibles de mensurar. Los especialistas vaticinan que provocaría graves daños en todo el mundo. Algo similar a lo que ocurrió en 1929 y que fue el preámbulo de la Gran Crisis de la década del 30. Un error que generó graves pérdidas a sus propios responsables. Pareciera que nada se aprendió de tal situación. ¿Ignorancia? No. Afán desmedido de poder económico, de reconocimiento y aspiración de consolidar poder político.

En aquella época el escenario era distinto, con el mundo saliendo de la primera guerra mundial, el comportamiento de los líderes de una de las potencias que no habían participado en el conflicto, Estados Unidos, ayudó a estructurar la tragedia. El comercio internacional bajó entre 50% y 66%. El desempleo en USA llegó a ubicarse entre 25% y 33% de la fuerza laboral. El capital existente a nivel mundial cayó un 3,5% y la población europea, en la década, disminuyó un 10%.
Pero el errare humanum est se ve en todas partes. En Brasil, hoy las tensiones políticas acercan al país a situaciones ya conocidas. El comandante en jefe del Ejército, general Eduardo Villas Böas declaró por redes sociales su “repudio a la impunidad”. Tal pronunciamiento se produjo un día antes de que la Corte Suprema de Justicia viera el caso del ex presidente Luiz Inacio da Silva, Lula. Para muchos, fue una forma de presionar a los jueces para que se pronunciaran en contra de Lula. Cuestión que, finalmente, así ocurrió. La opinión del general hizo recordar la inclinación de los militares por asumir responsabilidades que no les corresponden según el ordenamiento constitucional.

Si el general Villas Böas pensaba en un golpe militar, es materia de conjeturas. Sin embargo, está claro que pasó por alto el límite de su función. No debía inmiscuirse en temas ajenos a su labor que, además, es dependiente del poder civil democráticamente constituido. Y, guste o no, su intervención es política. Eso queda en claro hoy, cuando ya hay voces que anuncian un golpe militar para evitar la vuelta de un presidente izquierdista -si es que el encarcelamiento no se lo impide- como Lula. Esa es una posibilidad real. Las encuestas muestran al ex presidente como el mejor ubicado en las preferencias del electorado, con cerca del 40% de intención de voto. Algo explicable si se toma en cuenta que en sus dos mandatos, las políticas de Lula sacaron de la pobreza a 29 millones de brasileños, según datos de organismos internacionales.

Pero como nada es nuevo, se insiste en la solución no democrática. Aquí, en América Latina, los militares siguen siendo una alternativa política. Eso implica que se recurre a ellos cuando otras alternativas fracasan. Sin duda, el repetir una y otra vez los errores que impiden avanzar es una característica conservadora.

En Chile, eso se comprueba con demasiada frecuencia. No sólo en pronunciamientos de dirigentes políticos. También en los de otros personajes de instituciones que tradicionalmente han jugado un rol determinante en política, pese a que su definición las muestra como no políticas. Esta semana fue, una vez más, el cardenal Ricardo Ezzati. En el acto de inauguración del Año Académico de la Universidad Católica, abordó un tema que debería estar lejos de su área de acción. Sin que nadie lo esperara se refirió a la Ley de Identidad de Género, que actualmente está en el Congreso. El punto más debatido es si los jóvenes de entre 14 y 18 años pueden pronunciarse respecto de su propio caso y optar al cambio de su identidad. El jefe de la Iglesia Católica chilena dio su parecer: “La edad no es lo fundamental, es algo más profundo. No porque yo a un gato le ponga nombre de perro, comenzará a ser perro”. Las acusaciones de odio, transfobia, homofobia, se han escuchado reiteradamente en estos días. Con justa razón.

Ezzati aún no capta que el tiempo ha pasado y que el verdadero amor no puede transmitirse a través de la exclusión. Eso es lo que implica la actitud que él esgrime para dejar de lado a quienes no comparten su mirada retardataria y conservadora del mundo. Se sigue equivocando. Comete una y otra vez los errores que, en el pasado, hacían que visionarios terminaran en la hoguera. Afortunadamente, hoy su Iglesia no tiene el mismo poder que antaño. O si lo tiene, afortunadamente no puede ejercerlo en forma directa. Eso debería saberlo el cardenal. Errar es humano, aunque en este caso, el insistir en el error puede llegar a ser diabólico.

Nada nuevo.

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