Por: Christian Reyes

El dicho popular desde diferentes zonas de un país tan extenso como Chile es que aunque Santiago, su capital, concentre la mitad del total de sus 18 millones de habitantes, “Santiago no es Chile”. El viernes 18 de octubre de 2019 ese verso tuvo un matiz avalado por una sentida sentencia desde diferentes rincones de la patria, incluso desde quienes viven en otras latitudes: La gente está cansada.

Sin embargo, la catarsis ciudadana o el estallido social como se ha descrito estuvo muy lejos de ser un hecho que pudiera sorprender a los chilenos, más bien la pregunta que cada uno guardaba para sí más que el “cómo” era el “cuándo”. Y esa chispa que detonó el polvorín de una sociedad gastada en las confianzas sencillamente se tomó el alza del tren urbano como la gota que rebalsó el vaso. El Metro de Santiago que acumula fallas técnicas, alto costo, incomodidad soportando hasta siete personas por metro cuadrado en sus vagones, ambiente hostil y que por otra parte suma anuncios del Gobierno con nuevas líneas de costos astronómicos mientras las otras regiones observaban incrédulas. La mitad del país no habló, protestó, incluso perjudicándose a sí mismos pero lo asumió como la única forma de ser tomados en cuenta, porque simplemente ser oídos no bastó y fue otro de los ejercicios inútiles que se quedaron en los eslogans de campañas políticas.

Y el disimulo de los ciudadanos ni siquiera fue repentino, había sido manifestado hace días con sus caras más jóvenes, los estudiantes. En rigor el viernes 18 fue el día 5 de evasión masiva en el ingreso a las estaciones del subterráneo. El prólogo habían sido enfrentamientos, destrozos, excesos de turbas y de policías. Violencia y consignas cruzadas de gente heterogénea caminando codo a codo por las calles candentes y cargadas de gas lacrimógeno. Pero a diferencia de Venezuela, Ecuador, Brasil, Perú o Argentina, la crisis gatillada en Santiago de Chile más que política es social, acumulativa, evidenciada por el valor de un pasaje de transporte pero sumada al descontento de vivir con sistemas deficientes y de marcada desigualdad en salud, educación, previsión, servicios básicos, solo por nombrar algunas áreas de larga data y otras más contingentes como la peor sequía de su historia mientras el agua está en manos de empresas privadas.

Los errores políticos fueron otra piedra en manos de los vándalos que no diferencian una protesta con un motivo social de la mera delincuencia. El Gobierno de Sebastián Piñera envió fuertes contingentes policiales a contener a los evasores y las manifestaciones en las calles y el resultado fue obvio. Un fratricidio absurdo enardecido por videos de redes sociales con encapuchados destrozando todo lo que encontraban y policías sobrepasados presas del descontrol.

Errores políticos

El Mandatario, recién 12 horas después del inicio de la jornada más cruda tomó la palabra. Si bien imágenes de esa misma noche celebrando un cumpleaños familiar en una pizzería en un barrio acomodado mientras buses y una veintena de estaciones de metro ardían fue un infortunio injusto, más tarde cuando a medianoche la autoridad habló fue un disparo en los pies de su entera responsabilidad; Piñera comentó someramente el alza por “razones técnicas” del pasaje en el tren y las emprendió contra “la acción de verdaderos delincuentes, que no respetan a nada ni a nadie” aludiendo a los saqueos. No asumió nada más, ni siquiera sus cuatro años anteriores de 2010 a 2014 en su primer período o frases desafortunadas de sus ministros como que para ahorrar el chileno “debía levantarse más temprano”. Afuera, en las calles y comunas de una ciudad marcada por la desigualdad y el clasismo, jubilados, amas de casa, estudiantes y profesionales hacían sonar pitos, ollas, bocinas y latas aún de madrugada para compartir la indignación exacerbada con las palabras de un Presidente que claramente no entendió el sentido de una protesta y solo se quedó con la brasa final de un siniestro mayor.

Estado de emergencia para la capital con militares en las calles, haciendo volver fantasmas del pasado. El Gran Santiago sin eventos masivos, cancelación de festivales, conciertos, fútbol y marchas. No habrá servicio del tren con sus 140 kilómetros y 136 estaciones hasta nuevo aviso, buses a lo lejos y ya se está convocando a nuevas manifestaciones tras un fin de semana lleno de cicatrices en las calles de Santiago. Habrá que ver que si las heridas sanan a pocas semanas de la Cumbre de Líderes de APEC (16 y 17 noviembre) con Donald Trump incluido, la final de la Copa Libertadores de América (23 noviembre), la COP 25 (2 al 13 diciembre) más otros eventos locales.

No es solo que proporcionalmente a los salarios los santiaguinos paguen de los pasajes de tren más caros del mundo (1,17 dólares / 1,05 euros en hora punta) y en ningún caso la verdadera “noche de purga” en la metrópoli se debe únicamente a los 30 pesos del alza. El caos de la noche en que Santiago sí representó el malestar de todo un país y recibió una atípica solidaridad por ello, pasó por una acumulación de descontento, una revolución subterránea que emergió desde los túneles del metro y donde por ahora, como única respuesta de quienes tienen el poder, aún no se ha declarado “toque de queda”.

Santiago habló por los cansados de un país, los que dejaron pasar generaciones de malestar. ¿El costo y los resultados de este desatado berrinche? solo el tiempo lo dirá.