Por: Wilson Tapia Villalobos

Bastó que la ex presidenta Bachelet, por TV, negara tres veces su interés por ser nuevamente mandataria, para que la carrera partiera. En la “Concertación”, en la “Nueva Mayoría”, en la derecha, el tema presidencial quedó instalado y las voces de postulantes comenzaron a escucharse. Sí, aún no se completa la mitad del mandato de Sebastián Piñera.  Pero el poder es así, qué se le va a hacer.

         En las colectividades que apoyaron las candidaturas de Michelle Bachelet, son varios los que se sienten con aptitudes suficientes para el relevo. En el Partido Socialista (PS), José Miguel Insulza parece considerar que el traje de adalid le queda pintado. El problema es que lo mismo juzga Álvaro Elizalde. O Isabel Allende. ¿Y por qué no el senador Carlos Montes? En el Partido por la Democracia (PPD), hasta ahora el que más saca voz presidencial es, justamente, su presidente, Heraldo Muñoz. Aunque sus méritos políticos no son muchos, esa falla está tratando de subsanarla con una incontenible verborrea comunicacional. Ricardo Lagos Weber, es otro PPD que muestra interés, aunque hasta ahora lo hace con recato o algo parecido. En la Democracia Cristiana, la senadora Ximena Rincón declaró estar dispuesta al sacrificio de llenar el vacío de liderazgo que dejó Bachelet. En el Partido Comunista, el candidato natural sería el alcalde Daniel Jadue, pero parece poco probable que los partidos que dieron vida a la Nueva Mayoría estén dispuesta a presentarse bajo el alero de la hoz y el martillo. El Partido Radical, por su parte, exhibe a su presidente, Carlos Maldonado. Sin embargo, el papelón de Alejandro Guillier en las presidenciales pasadas no augura una buena acogida para una carta que tenga el signo de los radicales. En cuanto al Frente Amplio, aunque son numerosos los interesados, seguramente su carta para la primera vuelta será, nuevamente, Beatriz Sánchez.

         En la derecha, la lista es larga. Renovación Nacional (RN) y la UDI son los partidos que más nombres aportan…hasta ahora. Los RN Andrés Allamand, Francisco Chahuán, Manuel José Ossandón ya han manifestado su interés por sacrificarse. En la UDI, la delantera la lleva Joaquín Lavín, quien desde la alcaldía de Las Condes no deja de hacer demostraciones de su creatividad. Pero también Cathy Barriga ha manifestado su deseo de luchar por la banda presidencial. Y, al final, es posible que hasta la alcaldesa de providencia, Evelyn Matthei, se convenza de que puede ser su momento. Y no hay que olvidar al abanderado de Evopoli, Felipe Kast, ni al independiente Alfredo Moreno.

         Si se miran sólo los nombres, es evidente que interés existe. Pero hay que escarbar poco para constatar que las diferencias no son extremas. Al menos, no como eran las que existían entre izquierda y derecha en el pasado. E, incluso, los verdaderos herederos de tales orientaciones pareciera que fueron dejando de lado remilgos y se engolosinaron con el poder o las aspiraciones de llegar a él.  Lo concreto es que hoy, y desde hace algún tiempo, las diferencias no quedan plasmadas en hechos reales, contundentes. Es más, los programas políticos -que no siempre los hay- se transforman en palabrería vana al término de los comicios.

         Para muchos, ello es consecuencia de que la izquierda desapareció como expresión ideológica real luego del término de lo que se conocía como Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Cierto o no, lo real es que el juego político continuó ocupando tales diferencias. Sin embargo, cuando llegan al terreno práctico, los cambios ni siquiera son cosméticos. En Chile, por ejemplo, después de la dictadura del general Pinochet hubo cinco  gobiernos de centro izquierda -Patricio Aylwin (1990-1994), Eduardo Frei Ruiz-Tagle (1994-2000), Ricardo Lagos (2000-2006) y Michelle Bachelet (2006-2010) (2014-2018)-, pero ni siquiera se creó una nueva Constitución Política.  Hasta hoy rige, con modificaciones menores, la creada por el régimen autoritario. Y continúa vigente el régimen económico creado por los chicagos boys.  No hay que olvidar que Chile fue el laboratorio donde se probó por primera vez el neoliberalismo. Y continúa siendo la nación con mayor apego a los dictados de tal doctrina.

         De allí que nuestro país exhiba un sistema educacional plagado de inequidades. Donde el poder del dinero hace la diferencia en la formación de las nuevas generaciones.  Otro tanto ocurre en el sistema de salud. En él, los servicios públicos sufren agudas falencias, mientras la salud privada se constituye en uno de los más florecientes negocios, junto a la educación del mismo signo.

         De allí que hoy el ciudadano chileno se ha transformado en un ser sin respeto por la ideología y ni siquiera por el sistema. En los últimos comicios, sólo alrededor de 40% de los electores acudió a las urnas. ¿Es nada más que desinterés de los votantes? Posiblemente, el ciudadano común, que cuando va a votar se guía más por la visión televisiva que por el mensaje político, lo hace convencido que cualquier candidato da lo mismo. Y la experiencia pareciera otorgarle la razón. Las distancias políticas se traducen más en ásperas discusiones en el Senado o la Cámara de Diputados, que en hechos reales que llevan a cabo quienes llegan al poder. En otras palabras, es la derecha la que continúa dictando pautas, en un país en que hasta el agua ha sido privatizada.

         En este escenario es en el que se verá la próxima justa presidencial, que ya ha comenzado a prepararse. El poder es un gran imán para egos de diferentes colores que terminan dando el mismo tono.