Los Prisioneros, Sol y Lluvia. Víctor Jara. El cancionero popular con himnos que apelaban a la necesidad de cambios en décadas de la dictadura de Augusto Pinochet hoy vuelve a sonar en Santiago y el extenso territorio que se ha hecho partícipe exigiendo cambios que nuevamente llevan a Chile a ser un caso digno de estudio.

“La Suiza de Latinoamérica se cae a pedazos” recitan algunos blogs. Y es que a diferencia de otros países de la región, Chile tiene una inflación controlada menor al 3%, el dólar y un peso en buena relación, desempleo entre 6 y 8%, el ingreso pér cápita más alto de Latinoamérica por 14 años (3.458€ euros trimestrales) y pese a la recesión reinante en el mundo, crece entre 2 y 3%. ¿Qué sucedió entonces? Pese a que la CEPAL sostuvo que el país redujo la pobreza entre 2015 y 2017 de 13,7 a un 10,7%, las carencias en la calidad de vida de las personas, más allá de los números, son el gran gatillante de esta catarsis social.

La sociedad que funcionó como gran ejemplo de las ventajas del capitalismo y el libre mercado, en sus sombras, fue engendrando un tumor maligno en sus entrañas por casi 40 años, donde al margen del civismo de la llamada “buena política” y erigirse prácticamente como el país con más tratados de libre comercio en el mundo, el dinero y su influencia lo es todo en el día a día de sus habitantes; hay salud, educación, vivienda y pensiones entre otras áreas socialmente sensibles pero a un costo desproporcionado de años de vida o de bolsillo. Todo está ahí pero no al alcance de todos, dando pie a una desigualdad insultante que pese a los titulares de la prensa mundial, a los economistas más galardonados no les sorprende.

Acá no hay desabastecimiento pese a la ola de siniestros de fuego y saqueos de supermercados por descontentos y delincuentes de los primeros días pero tampoco hay normalidad especialmente en la capital tras la quema de estaciones del tren subterráneo, cuya alza en las tarifas para la mitad del país que vive en la capital fue la chispa que encendió este polvorín social donde el Gobierno de Sebastián Piñera es responsable merced a una seguidilla de malas decisiones digna de un desafortunado manual.

Del oasis a la guerra

El Mandatario pasó en cosa de días a atender a la prensa diciendo que Chile es “un verdadero oasis” dentro de una “América Latina convulsionada” a reaccionar sobredimensionadamente a manifestaciones estudiantiles por el alza en el valor del pasaje de Metro que ya llevaban más de una semana aplicándose. Desde el lunes 14 al jueves 17 fueron cuatro jornadas con llamados a evadir masivamente los torniquetes de parte de los secundarios mientras el viernes 18 tras manifestaciones focalizadas en Santiago la respuesta del Gobierno pasó por reforzar la fuerza policial con dureza.

Para la noche de aquel viernes, en rigor el día 5 de movilización, tras ser sorprendido por la crisis en una pizzería de un sector acomodado de Santiago mientras ardían las primeras estaciones, la situación no mejoró. Para el sábado 19 la declaración de zona de emergencia con el nefasto simbolismo de los militares en la calle y toque de queda con restricción a las libertades fueron el triste prólogo de “apagar el fuego con bencina” ante un estallido social que por supuesto despertó la solidaridad desde las regiones. Llegando así el domingo 20 con una amarga guinda semántica: “Estamos en guerra”.

Desde entonces, tras una docena de días, una marcha de un millón y medio de personas solo en Santiago (el 10% de la población del país), las movilizaciones en regiones y crecientes y preocupantes cifras que incluyen una veintena de muertos, heridos, detenidos y denuncias por torturas y violaciones de derechos humanos, el Ejecutivo ha hecho cambios en su gabinete e impulsado una agenda social que curiosamente no ha considerado hasta hoy voces de estamentos populares o gremios.

Noviembre será entonces el lienzo en blanco donde promesas como una Nueva Carta Fundamental o cómo representar en la discusión de Presupuesto en el Congreso Nacional los gastos de esta nueva agenda aparecen como pétalos para esta primavera chilena marcada por el despertar social. Cómo lidiar con el mundo (la cita de APEC es en Chile) y con los propios chilenos para que retomen sus rutinas sin olvidar que quieren cambios urgentes para acceder a una mejor vida más allá de gráficos y cifras macroeconómicas es el gran desafío para Sebastián Piñera y los suyos. No es fácil, no cuando la “Revolución de los 30 pesos” demostró que los grandes montos y flechas de crecimiento no importan cuando se mueren tus abuelos por falta de salud o tus hijos no estudian por falta de recursos.

Las lecciones están pero hasta ahora se respiran más bombas lacrimógenas que aires de cambio.