Alejandra Riveros M.
Directora Carrera de Publicidad
Universidad Central de Chile

El contagio por el llamado COVID-19, ha sometido a todos los países del mundo a enfrentar una crisis inesperada. El problema a escala global, provoca diversas consecuencias, no tan solo en el plano de la salud, sino que aqueja todas las áreas de la vida: la fuente laboral, la rentabilidad de las empresas, la educación de la población y el seno más íntimo de cada familia. Atrás quedaron los viajes, los pasatiempos, incluso las expresiones de afecto, tan características en nuestras relaciones interpersonales.

El anterior panorama ha sido común para todas las naciones que están enfrentando la pandemia. No obstante, para Chile, ha tenido un eco mayor, particularmente a nivel emocional. Tras el estallido social, la crisis se desató en el país, con demandas desde la población hacia la clase política, grupo cuestionado y criticado fuertemente en medio de un conflicto arrastrado hace años. Así, la gran crisis de la desconfianza se instaló en Chile, lo que se comprueba en los sondeos de opinión pública. Tras las encuestas de distintos centros de estudio, se evidencia que los diversos referentes políticos han ido perdiendo su legitimidad en medio de la población. El propio Presidente Sebastián Piñera, en estos meses ha obtenido un mínimo de aprobación para su gestión. En concreto: ya nadie cree ni confía. Pero la crisis de la desconfianza no es tan solo para los políticos. A ello, también se suman líderes religiosos. Una evidencia de esto es la crisis desatada en la Iglesia Católica, sancionada a nivel mundial. Pero la lista suma y sigue. Instituciones como las Fuerzas Armadas o clubes deportivos, tampoco se eximen de esta desconfianza generalizada.

Por ello, en el actual contexto de la más grave crisis sanitaria, que evidencia una vez más la vulnerabilidad y fragilidad de la existencia humana, es que se requieren de líderes creíbles y referentes que generen confianza en las personas.  De hecho, uno de los principales elementos para enfrentar las crisis de cualquier magnitud, es poder canalizar la información necesaria por las vías idóneas, con líderes que demuestren seguridad frente al contexto, que transmitan serenidad a sus seguidores y que inspiren confianza. Precisamente, en los últimos días, nuevos referentes hemos visto en los medios de comunicación, dando mensajes asertivos, certeros, creíbles. En ello, se destacan líderes del ámbito de la salud, como la presidenta del Colegio Médico, Iskia Siches, o líderes comunales como los alcaldes, quienes han dado señales que se agradecen, sugiriendo medidas concretas en beneficio de la población que representan. Lo que se ha visto a través de estos nuevos líderes es el manejo de una mayor empatía, un potente carisma y un mejor manejo de relaciones interpersonales, virtudes que potencian un mayor control de esta crisis.

Si bien, el actual momento pareciera ser inmanejable, sí ha sido una oportunidad para aprender a dominar la incertidumbre como seres humanos y ser capaces de someternos a un estrés que debemos sobrellevar, entendiendo que la autogestión de la crisis también puede ser posible. Muchos de nosotros debemos ser líderes en nuestras familias, trabajos y en las comunidades donde vivimos.  Sigamos entonces, fomentando la confianza y la credibilidad, dos componentes trascendentales para manejar y enfrentar una crisis, con la esperanza de poder superarla.