Samuel Fernández
Académico Facultad de Derecho, U.Central

Más de cinco días sin energía eléctrica ni agua, recién recuperadas de manera intermitente. Un contratiempo demoledor para el régimen de Maduro, y la evidencia irrefutable, de un nuevo desastre de su administración. Según los expertos, más difícil ha sido la reposición de los servicios que su causa, y de nada ha servido acusar al ‘Imperio’, con el consabido guión fílmico madurista, para no asumir su responsabilidad culpando a otro. Sería un arma formidable si Estados Unidos la pudiere desarrollar. Limpia, ecológica, efectiva y mucho más barata que las armas atómicas, misiles, portaviones, y todo el gigantesco arsenal bélico que posee. Un simple corte de la energía de un país, como quien baja un interruptor, produciría efectos inconmensurables, paralizándolo, sin disparar un tiro. Era justo el momento de materializar la tan denunciada invasión yanqui. Nada ocurrió.


Dicho poder no existe todavía, sin embargo, sí lo ha puesto en funcionamiento Maduro, por negligencia, afectando a su propia población sumida en la oscuridad total, y demás consecuencias hoy en día, al no contar con electricidad. La dependencia es tal, que toda actividad cesa, como ha ocurrido en Venezuela. Inclusive con muertes por motivos de salud asistida, y millones de víctimas inocentes perjudicadas, todavía más, en sus servicios básicos y la alimentación perdida.


Ni las presiones diplomáticas internacionales, ni el intento de hacer llegar ayuda humanitaria, ni el Grupo de Lima o la OEA, y todo el concierto mundial que aumenta, rechaza, y reacciona frente a una situación inaceptable, han tenido los efectos que un apagón eléctrico irresponsable ha provocado. Como ha sido indiscriminado, tanto los fieles partidarios como los opositores, todos se han dado cuenta de que se ha alcanzado un punto demasiado alto en la crisis, y que la propaganda, las arengas, el discurso habitual, o culpar a terceros, ya no sirven para justificar lo que viven y padecen actualmente. El cansancio podría transformarse en desesperación, la que no es controlable.


Ante tanta ineficiencia y torpeza recurrente, los más decididos partidarios, internos o externos, no pueden quedar indiferentes. Salvo que quieran seguir creyendo, o aparentando que creen, en las mentiras de un país exitoso, bien administrado, y atacado por fuerzas imperiales poderosas. Ni los más cínicos sostenedores pueden escapar a esta realidad irrebatible. Un paso más hacia una Venezuela que se apaga por su propio fracaso